miércoles 29 de abril de 2009
El Santo Ateo
sábado 11 de abril de 2009
Eugenista
Eugene Roe, médico estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, era un ateo radical y un insensato. No creía en ninguno de sus aparejos para salvar vidas. No creía en los milagros ni en los microorganismos ni en las balas. Por lo que tampoco creía en Dios, en Fleming o en las tenazas. Como un pescador, que vacila en su fe sobre la permanencia del anzuelo cuando se hunde, que le arrebató a la pesca la misión de pescar; Eugene Roe pensaba en la medicina como un abstracto y la desposeyó de su paradigma fundamental: “salvar vidas”.
Por Eugene Roe soy eugenista. No creo en la caligrafía ni en la difusión del mensaje. Alérgico al bolígrafo. Voy de incógnito, estoy inédito . Para ser más tenaz, soy escritor del tipo Wingdings:
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
Ese hombre en el fondo del bar debería estar pensando en algo, para redimir al resto. Yo trenzo danzas como un maniaco. Una chica me dejó sus tacones y ahora juega al limbo con mi mejor amigo. Me los engancho de las orejuelas. Coreamos esa canción de Arcade Fire, todos haciendo mucho ruido. Todos menos ese hombre en el fondo del bar, que está callado, supongo que para redimir al resto.
miércoles 7 de enero de 2009
miércoles 26 de noviembre de 2008
Viaje a Rusia - Capitulo V (escrito por Nahuel)
Yo soy el fotógrafo misántropo, lánguido, tardo y tozudo, que ha venido colgando las fotos durante estos días. Hasta ahora he permanecido en silencio. Podría haber esperado a la próxima azotaina escrita de la pérfida pluma esta, como normalmente hago, pero he decidido irrumpir en el campo de las letras para protestar, y con toda la razón.
Sara es una buena amiga, una gran persona, que comparte y se preocupa de los demás; incluso es una buena amante, no lo pongo en duda. Pero como compañera de viaje, en el sentido menos metafórico de la palabra, es un suplicio o una rozadura en el zapato, (que además sufre con frecuencia). Para ella, cualquier distancia es larga, cualquier espera una eternidad y cualquier contratiempo, una desgraciada. Será su condición natural de persona hiperbólica, pero no la disculpo. Aún menos este último día en San Petersburgo, que resultó memorable pero doloroso, como una herradura.
Para empezar, heredamos la resaca de la noche anterior. Entre el gran grupo, algunos de los pocos que habíamos oído hablar de Dostoievski, fuimos a visitar su museo, que resultó estar cerrado por fiesta nacional. Paradójicamente, y esto abala la grandeza del pueblo ruso, los rusos celebran su última gran fiesta nacional, la que conmemora el origen de la Federación Rusa, el mismo que día que se independizaron muchos de los países que invadieron antes y después de la II Guerra Mundial. En realidad, sería como celebrar el día de la hispanidad en el aniversario de la perdida de Cuba y Puerto Rico.
Probamos entonces otro museo, el Hermitage (un Louvre ruso, o mejor). Era una larga caminata. Demasiado larga a juicio de Sara. Llegamos sedientos, allí donde el agua y los abrigos están prohibidos. No las cámaras, y fue una suerte, porque los cuadros se mueven menos incluso que los rusos. Tres horas caminando en soledad, pues me he vuelto de esos que gustan valorar el arte sin distracciones, y al final nos fuimos. Afuera estaban Sara y los otros, apáticos, como salidos de una sesión de ‘Pilates’.
Fuimos a recobrar fuerzas, a por nuestra primera comida del día, un poco antes de las 6, cuando ya era de noche. Era una pizzería un tanto desagradable, y sobre todo muy apretada. Aquí sucedió el que probablemente haya sido el hecho más desgraciado del viaje. A Sara le robaron la cartera. Allí llevaba el DNI; 300 rublos (unos 10 euros); dos tarjetas de crédito correspondientes a dos cuentas distintas, ambas con bastante dinero; el carnet de conducir; la licencia de armas y la tarjeta sanitaria europea. No es para reírse, pero aun así, reproduzco alguna de las frases de consuelo más populares de aquel noviembre del 2008: “lo importante es que tengas salud” “podría haber sido peor, te podrían haber robado el pasaporte” “si cada ruso te diera una peseta…” “seguramente cojan el dinero y tiren las tarjetas” “no queda nada para tu cumpleaños” “si te las usan, estás en tu derecho de negarte a pagarlo” “a mi tía Eulogia Aurelia…” “tu tranquila tía, que si necesitas dinero te lo dejo”.
Tras la desgracia, San Petersburgo, aquella gran ciudad, se torció en un lugar malcarado e incierto. Se nos había acabado. Desde entonces, como cualquier día de viaje, noctambulamos hasta que llego nuestra hora. En la estación, un fresco del abuelo Lenin guiando al pueblo nos despedía, a los 11 de Moscú.
Cola de entrada al Hermitage
Niña saltando (foto de maria)
Mundo en el bolso del hurto (foto de maria)
Pingui (foto de maria)
Pasillo en el hermitage
Venecia, pero hace mucho tiempo
Cezanne
Hermitage
Hermitage
La galería del retrato
Espera en un café a la hora de la huida
Mundo contento
La flecha roja. Un tren de lujo ruso en el que por supuesto no fuimos
Flecha roja
Moskova Station
11 erasmus cansados
viernes 21 de noviembre de 2008
Viaje a Rusia - Capitulo IV

Dovstoievsky 1
Dovstoievsky 2
Mancha
Sara
Un chico enciende una vela en la Catedral de Kazan
Catedral
Un padre de familia posa para una foto
Laura
Colorful Church
Mosaicos
Lámpara
Miniatura de la iglesia colorada
Puente sobre un canal
Una frutería
Puerta
Calle
Una pequeña capilla
Me enfado
Punky
Estela y Anne
Concierto a capela
Chicas
Un amigo y su mujer
Las portus y Francois
Francois y Patricia
Nahuel y su mejor amigo (de Rusia)
Foto
Camión
Copa (tropa)
Rusia
Cartel
La señora
Pizza hut
El señor
El día cuatro nos independizamos de toda organización. Las mentoras, acompañadas sólo de algunos eslovenos y polacos, cogieron un tren al (otro) palacio de verano para ver la habitación de ámbar. Aunque todo apuntaba a que sería impresionante, la ciudad todavía tenía mucho que contar ,así que nosotros decidimos echar a andar hasta toparnos con el enorme cementerio ortodoxo de San Petersburgo. Bajo nuestros pies, Tvakovsky, Dovstoievsky, fílosofos, poetas y sobre ellos turistas realizando su deseo fetiche de visitar al ídolo muerto. En los cementerios antiguos, convertidos en reclamo de masas, la gente no está triste, sonrie satisfecha por cumplir el deseo de haber visitado a los héroes caídos. Las calles y el metro están llenos de soldados. Algún ruso con que hemos hablado explica que es porque se celebra el día de la patria pero empezamos a pensar que es algo común también en días cualquiera.Dos policías que no pasan de los treinta se nos quedan mirando en las escaleras mecánicasdel metro. Marguerita, la italiana se sienta y todos la imitamos mientras el fotógrafo, ayer en el sumun de su antropofobia crónica, hace fotos a cualquier azulejo blanco; siempre es el último pero hay que dejarle, cuando el acaba podemos irnos. Llegando a la catedral, en frente de la corolful church, un par de actores vestidos de zar y zarina ofrecen hacerse una foto con los turistas por 1000 rublos. Es un tanto contradictorio que esta ciudad, Leningrado, veneren igual a los ídolos comunistas que a los zares, y que al recién llegado capitalismo. Comemnso en un restaurante ruso, tradicional pero escaso. María y yo probamos unas boales de pasta con queso, los demás sopa o carne, siempre con paptatas, al acabar se caldea el ambiente: algunso de nsootros quieren ir al museo de arte ruso, una colección pictórica de realismo soviético, en al que unos cuantos no podemos pasar por llegar demasiado tarde pero que probablemnte hubiese resultado más aburrida que interesante. En su lugar, andando despacio, cortando el aire que hiela, decidimos entrar a la colorful church. A veces es mejor no ser experto en arte ruso imperioalista para disfrutar más de las cosas, miramos extasiados al color, con un placer más pueril que entendido, Nahuel sigue haciendo fotos, probablemente a un detalle del mosacio que sólo él ha visto. La iglesia, una copia de la de la plaza roja de Moscú, se utilizó durante la época soviética para guardar patatas, luego se recosntruyó y acabó resultando una sala de colores chirriantes producto del artificio, aún así cualquier sitio caliente es mejor que deambuilar por la calle. Al salir es imposibel resistirse al mercadillo. Todos compramos matrioscas o cualquier utensio inútil con la oz y el martillo.Aunque esta noche parece estar hecha para descansar, algunos de nosotros volvemos al hostal para volver a salir; un concierto a capela de un grupo Moscovita nos lleva a una pequeña sala en el centro. “Los rusos son buena gente, sino mira todos los amigos que hicimos ayer en el bar” y como al fotógrafo se el meta en la cabeza...
Sara Paz
lunes 17 de noviembre de 2008
Viaje a Rusia - Capítulo III
Nadie se atrevió a romper las reglas el tercer día. Visita a ¿otro palacio de verano?, una casita de muñecas, pintada de perfecto azul cielo y blanco llevada a dimensiones descomunales. Aunque con los jardines no demasiado bien cuidados y las fuentes apagadas, la estampa que se dibujaba tras nosotros era como salida de un cuadro. Pero el estilo naive de la primera impresión se estropeó con lo ostentoso de la parte de atrás; enormes fuentes rodeadas de figuras macizas de oro dejaban un sabor de boca un tanto extraño, como de haber estado un lugar que aunque muy pretencioso se quedaba en lo kitsh.
El báltico, al fondo y no tan calmando como se costumbre, hacía todo más soportable. La decisión fue casi unánime, había que salir de allí y aproBechar las pocas horas de luz que quedaban en el centro de la ciudad. De camino hacia el bus paramos en la segunda colorful church. Dentro de la capilla, rodeados por un círculo de velas, un matrimonio joven bautizaba a su hija de unos 6 años. El rito ortodoxo requiere que las mujeres lleven la cabeza cubierta y que la niña sea bendecida en varias pares de su cuerpo. Después de observar embobados la ceremonia y sacar alguan foto inapropiada, cogimso el bus que nso llevó de nuevo a Stalingrado donde comimos bolas de pollo. De vuelta al centro caminamos por la calle Nevski, rodeamos la catedral, sacamos fotos a la fachada del hermitage en hobras y nso topamos con un horrrooso espectáculo de mendigos cobrado a viandantes cualquiera por hacerse fotos con sus pobres monos vestidos de calle. Cuando los demás camaradas llegaron cansados de tanto palacio la mejor opción parecía unirnos a ellos y caminar de noche hacia la isla y su fortaleza. Al final, cada uno a su ritmo, los españoles y el incondicional alemán nos quedamos atrás y descubrimos solos el castillo desierto y a Peter, el fundador de la ciudad, con su pequeña cabeza. Por la noche, iluminada y tranquila, la ciudad se presentó ante nosotros como candidata a “lo mñas increible que he visto nunca” Probablemente durante el camino de vuelta la hostal , la temperatura estaba muy por debajo de cero.
Sara Paz
Camino al palacio, por la mañana. Al fondo, una de las estaciones de metro.
El dichoso palacio. Otro donde los Zares pasaban el verano
Un colibri.
Javi y Sara, sobre el canal que riega las fuentes de palacio
Sara justo a lado del mar.
Los primeros rayos del atardecer
Museo de cera - 1
Museo de cera - 2
Museo de cera - 3
Otra iglesia de estilo moscovita.
Un retrato o una caricatura.
El músico que faltaba en la orquesta.
Un canal.
Plaza al pie del palacio de invierno
Dos BMV junto a un coche de los viejos tiempos.
cuatro arboles de navidad.
dos enamorados rusos con el palacio de invierno o hermitage, a sus espaldas.
No es heineken
el hermitage visto desde el puente que cruza al otro lado de la ciudad.

5 y Diciembre
martes 11 de noviembre de 2008
Viaje a Rusia - Capítulo II
La primera impresión de Rusia fue una estació forrada de madera. Mientras los demás esperaban, pacientes, sucios y cansados, los moscovitas nos acercamos a la ventanilla a por los billetes a la capital. Lo más barato ( primera vez que usamos el diccionario ruso para trenes del fotógrafo), 12 horas de una de la mañana a una de la tarde. La segunda impresión fue el metro, un boulevard inmenso de pasadizos palaciegos. Nada que ver con ningún otro de cualquier ciudad moderna, elegante, magestuoso. Los treinta nos revolucionamos al sacar los billetes (pequeñas monedas parecidas a un rublo) y al ver la primera cuesta, que nos llevaba al infinito, a nuestra parada de origen, un corredor de mosaciso dorados.
El hostal estaba cerca del final de la calle Nevski, la avenida principal de San peterburgo; un obelisco gigante, rodeado de carteles luminosos y banderas de Rusia decoraba la plaza, más tarde la explicación a tanto patriotismo estaría en que los días 3 y 4 de noviembre se celebraba la patria rusa. De cualquier forma llegamos al hostal repartimos habitaciones y echamos a andar sin ni si quiera tomar una ducha, los barrios soviéticos de Leningrado nos esperaban para el primer contacto. Un paseo al borde del río, con visita a la capilla ortodoxa, la universidad, el edificio donde se planeó la revolución y alguna que otra iglesia de cuento ocupó casi la mayor parte del día. Los ánimos empezaron a dividirse ¿Es esto lo que esperábamos de San Petesburgo? La disidencia empezó a tomar forma y las primeras voces de cansancio se escuchaban detrás de las filas. Todo es enorme, enorme. Eso era lo más repetido. Edificios gigantes, algunso derrumabdos o con luces fundidas, moles de más de veinte pisos, carteles de Macdonals, Cocacola, todo en desconcertante cirílico. La mezcla Kitsh de al ciudad hacía pensar en un capitalismo aún soviético y un tanto rancio. Rusia se había quedado en los 90, destape incluido.Siguiendo el río, con al noche pisándonos los talones pasamos, de casualidad, uno de los palacios de verano del zar, de allí a la llama del fuego eterno y los primeros canales, al fondo, como una dama bien aposentada en su trono, como hecha de dulces, o por un fan lunático de madona, la iglesia de San Salvador de la sangre derramada, “The colourfull chucrch”, desde ese momento, para la tropa de aventureros Erasmus.
Sara
Escaleras del metro
Colorful church

Nahuel








































