sábado, 17 de mayo de 2008

Al octavo sin descanso

Aproximadamente, hablamos de aquellos tiempos; de un tiempo casi histórico, en la octava planta de un edificio de doce; cincuenta metros en vertical, setenta si contamos el excesivo pararrayos que afilaba aquel susto urbano; la imprevista, deforme, sucísima, rústica (aunque quisiera mostrarse como el blasón de un barrio obrero) y feísima mole envuelta en un arrabal de casas chicas con no más, casi ninguna, de tres andares y que aún conservan, algunas, calderas comunitarias de aquellas a las que un vecino, uno distinto cada día de la semana, bajaba a atizar el fuego y a echar el combustible, generalmente troncos viejos o astillas sobrantes de muebles que no habían podido reciclarse y habían salido arrojados de las casas de algún rico o nuevo rico a la calle que aprovechando la venta de un solar suyo por el boom inmobiliario o que una empresa fundada por uno de sus hijos, diplomado en empresariales, no iba mal, renovó todo su mobiliario familiar, compró uno nuevo y tiro el viejo para que el hombre que vive en la octava planta, desde donde se ve el barrio entero y un tren de cercanías que pasa cada quince minutos y que trabaja promocionando en los colegios de los hijos de los ricos y los nuevos ricos las tres erres de la conducta adecuada del tratamiento de las basuras, pueda comprar una persiana nueva y ponerla del mismo color que el resto de sus vecinos y dejar de ser el bufón y que él no pase más una tarde de domingo, cuando la calle de aquel muro de hormigón está más transitada, llorando por su desgracia, sintiendo a los fiscales: miles de fiscales ciudadanos e injuriosos, que se paran bajo su ventana y le hieren con sus risas y le acusan de hortera y ocioso y le reprochan su falta de adecuación a la correcta estética de las cosas; olvidando que de no promocionar él mismo el reciclaje entre los hijos de los ricos, ellos, aquellos fiscales ciudadanos, vecinos de barrio, pasarían los inviernos rogando madera y abrigo y entonces resonarían en sus conciencias las burlas al hombre de las persianas extranjeras que sí escatimaba en gastos y que hubo de ahorrar en todo para comprarse unas nacionales que darían al edificio imagen de una sola masa de argamasa compacta y grisácea, sin fisuras y sin aberturas que se cierne sobre el hombre diferente, simpático y trabajador cuya única peculiaridad eran sus persianas que ahora habría de guardar en casa, vecinas de los puntos, todos, que había decidió no gastar por ahorrar y así Reducir; Reutilizar y Reciclar, y comprar la dichosa persiana que le había jodido todo punto de su vida y le había privado ¡En mala hora decidió aquello! de su signo favorito para nada ¡Total! Para nada, para que ahora fuera a malgastarlos todos seguidos en un final puntual que no es otro más que el que se merecen quienes aguantaron esta lectura sin puntos, ni uno más que este punto y final y los otros que aquí acompaño porque, la verdad, estorbaban al perro y no sabía donde alojarlos…………………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..…………………………………………………………………………………………………………..……………………………………………………………………………………………………………………………………………………….

1 comentario:

mary dijo...

estas camino de ser el nuevo joyce, más de cuarenta?cincuenta? líneas sin un sólo punto. pero ojo, yo las aguanté, y además me gustaron.